David Sylvian –de verdadero nombre David Alan Batt- es un cantante, músico y compositor inglés nacido en 1958 en Beckenham, Kent. Formó junto a otros -entre ellos su hermano Steve- la banda Japan, activos desde 1974 hasta 1982. Después de esta etapa de maquillaje y pelo teñido vendría su magnífica carrera en solitario que comenzó con el disco al que se refiere esta entrada. En 1990 se reunió de nuevo con casi todos los componentes de Japan para grabar nuevo material bajo el nombre de Rain Tree Crow. También sus colaboraciones con otros músicos son varias. Parapetado tras un personaje distante e interesado siempre en la espiritualidad, sus influencias abarcan una surtida variedad de géneros y estilos que se ven reflejados en su obra.
“Brilliant Trees” es su primer álbum, el inicio de su camino musical en solitario. Producido por Sylvian y Steve Nye (con quién ya había trabajado en la producción de algún disco de Japan), en él hay colaboraciones de varios de sus compañeros en Japan –incluido su hermano Steve- y también de Ryuichi Sakamoto y del líder de Can Holger Czukay, entre otros ilustres. Este es un disco intimista y reflexivo, con aires jazzísticos y algún paraje étnico y algún otro oriental. El disco refleja la sensibilidad compositiva de Sylvian, acompañada de su impresionante voz de barítono. Con unos arreglos muy trabajados y una mezcla novedosa entre lo electrónico y lo acústico, este disco es una obra mayor en el que hay pop, jazz, oscuridad ambiental, experimentación rock y letras influidas por Sartre. Todo un discazo atemporal. Para disfrutar de su escucha en casa, con tranquilidad, después del tsunami del fin de semana. También funciona al volante, sin prisas, sin nadie esperando…
Retomamos la inercia de este blog con más rock&roll, del bueno bueno oiga! The Gun Club son una banda de Los Angeles, California, formada a principios de los 80 artífice de un particular sonido en el que maridaban el blues con enérgico punk rock y otras músicas de raíces americanas. El cantante, guitarrista y compositor principal era Jeffrey Lee Pierce. Un tipo con una creatividad privilegiada pero de desordenada existencia. Abusos con el alcohol y las drogas durante su vida lo llevaron a perderla en 1996. En principio también formaban parte de The Gun Club Ward Dotson (guitarra), Rob Ritter (bajo) y Terry Graham (batería). La formación integrante de la banda siempre fue inestable, cambios continuos en ella fue la constante –algunos ilustres de otras bandas- y disolución de la misma a mediados de los 80 para luego retomar hasta la muerte de Pierce.
“Fire Of Love” es su espectacular debut. Todo un clásico de la historia del rock&roll. Un disco trepidante de ritmo desatado. Enérgico y salvaje por un lado y por otro calmo y baladesco. Música visceral a velocidad de vértigo por momentos. La producción corrió a cargo de Pat Burnette y su trabajo da cohesión a la amalgama de ruido y furia que hay en las composiciones de este discazo. Yo he llegado a él no hace mucho gracias a un guateque en casa de un convencido y gallardo rockero local amigo. Agradecido por ello le dedico esta entrada. Disfruten, abusen del volumen y contengan sus caderas si son capaces…
Los Eterno son un grupo afincado en Madrid y surgido de las ganas de tocar juntos de un grupo de amigos con larga trayectoria en otras bandas, alguna muy reconocida. Ellos son Fino Oyonarte, Cristina Plaza, Nacho Olivares y Jaime Sevilla. Se conocen bien y poseen un universo sonoro particular y propio de temática ambiental. El nombre del grupo viene –según ellos- de la tardanza muy suya en hacer las cosas. La razón de ser del grupo es la improvisación.
“Eterno saludo musical” es su debut editado sólo en vinilo y gestado mediante grabaciones de poca calidad en sus reuniones caseras para tocar. A partir de ahí filtraron lo interesante de lo que no lo era y fueron tirando de hilos que parecían que pudieran llegar a ser canciones. Las canciones que lo forman son envolventes, llenas de sendas y vericuetos sonoros. Algunas tienen tintes hipnóticos y otras cariz psicodélico. En ellas hay rock, post-rock y música cinematográfica. Una coctelera donde caben variedad de sonidos y texturas y cuyo resultado deja muy buen sabor al paladar auditivo. Un disco estupendo para saborear tranquilamente en casa.
A Los Eterno los vi en directo hace un par de meses en el auditorio del Cicus (un bonito edificio de la Universidad de Sevilla dedicado exclusivamente a actividades culturales). Escaso público (y eso que la entrada era a precio popular) pero muy buen concierto el que dieron -aunque la monotonía se apoderó de la situación en algún tramo-. Intercambiaban sus instrumentos a medida que avanzaba el concierto demostrando la versatilidad de cada uno de ellos. Quizá falto algo de volumen y menos cháchara por parte de algunos de los asistentes. Igualmente disfrutamos los que nos dimos cita allí aquella noche.
En este blog no podía faltar un disco de los míticos Buzzcocks, fundamentales para entender toda la escena punk-rock británica de finales de los 70 y también para todo lo que vino después en Manchester, incluidos los 80 y los 90. Formados en 1976 en Manchester en plena explosión punk, fueron los Sex Pistols una influencia definitiva en la formación de la banda. En principio fueron Howard Devoto y Pete Shelley los fundadores aunque el primero abandonó al poco para seguir por otros derroteros musicales, dejando al mando a Shelley. La formación cuando se publico el disco del que hablo aquí (antes y después sufrió cambios) eran el propio Pete Shelley (guitarra y voz), Steve Diggle (guitarra), Steve Garvey (bajo) y John Maher (batería). Los Buzzcocks dejaron de lado el virtuosismo que imperaba en la época en las bandas de rock, regresando a los orígenes del mismo a base de ritmos agresivos, buenas melodías y unas letras cargadas de cinismo. También estaban un peldaño por encima del punk básico gracias a los conocimientos de Pete Shelley sobre el rock clásico y el Krautrock.
Tras grabar varios singles y un EP, los Buzzcocks publicaron “Another Music In A Different Kitchen”, un largo de debut lleno de energía apabullante. La mayoría de las canciones de este disco son breves y certeras. Punk-rock y melodías pop, con estribillos memorables y ritmo trepidante. El ingeniero de sonido fue Martin Rushent, el mismo del “Electric Warrior” de T. Rex. Un disco imprescindible este y que sin duda incita a subir el volumen. Cuando se publico inundó las Islas Británicas con el sonido característico de los Buzzcocks e inspiró a otros muchos músicos paisanos suyos creando una escena inolvidable en el decandente y depauperado Manchester.
A los Buzzcocks tuve la suerte de verlos en directo dentro del Monkey Week de hace un par de años en el Monasterio de la Victoria –el mismo de donde se fugó El Lute- en el Puerto de Santa María y me lo pasé en grande. Me impresionó que aún a día de hoy la voz de Pete Shelley siga siendo aguda. Aunque la verdad es que con el repertorio de canciones que poseen es fácil hacer pasar a la gente un buen rato. Cumplieron, sí señor, aún a pesar de ser unos abueletes.
The Dream Syndicate fueron una banda californiana surgida en los primeros años de los 80. La formación inicial estaba compuesta por Steve Wynn (voz, guitarra), Kendra Smith (bajo), Karl Precoda (guitarra) y Dennis Duck (batería). Ellos tenían como principal referente a la Velvet Underground y esto se reflejaba en sus canciones. Formaron parte de una escena-movimiento en el que se reivindicaba la instrumentación tradicional rock –algo de aquellas obsoleto- . También hacían suyas algunas maneras del punk y tenían gusto por la psicodelia de los 60. Esta escena-movimiento se llamó Paisley Underground. Como banda estuvieron en activo hasta 1989 aunque ya en los comienzos dos de sus miembros fundadores –Kendra Smith y Karl Precoda- saltaron del barco.
El primer disco de The Dream Syndicate lo descubrí no hace mucho gracias la visita que hice a casa de un amigo apasionado del rock y con una colección muy bien surtida de vinilos. Agradecido le estoy facilitarme el haber llegado a este disco. Su portada antes de ponerle la aguja encima me llamó la atención, una portada minimalista muy acertada en cuanto a composición y colores. El título del disco me pareció buenísimo y el de la banda mejor. Pues ya en la primera escucha supe que iba a hacerlo mío. Y tras saborearlo unas pocas veces más ya me dije que este era de los imprescindibles, de los buenos, buenos. “The Days Of Wine And Roses” es un deslumbrante debut lleno de canciones aceleradas y rabiosas pero también de otras atmosféricas e intensas. Fue grabado en sólo 48 horas y sorprende de principio a fin por sus guitarras cargadas de intensidad emocional y por el particular sonido que consiguen, un sonido sólido y maduro impropio de bandas principiantes. Este es un disco fresco y espontáneo lleno de matices al que le ha sentado muy bien el polvo. Inmediatez rock pero también experimentación y desarrollos y sobre todo frescura. Una joya de los 80, un discazo vaya. Da igual que –como yo- llegues a él con retraso.
Tras Jeronimo está el belga -originario de Lieja- Jérôme Mardaga, un simpático y accesible tipo que pude ver en directo hace años en la sala El Sol de Madrid y que tras el concierto pude charlar un rato con él. Me gustaron mucho sus canciones, su directo y su actitud. La verdad es que le perdí la pista después de esto y sólo me queda de aquello este disco firmado por él del que hablo aquí. El peso de la creación recae sobre él, además de la voz, guitarras, bajo y programaciones aunque le ayudan también Sacha Symon al bajo y Thomas Jungblut a la batería.
“Un monde sans moi” es un disco redondo lleno de guitarras afiladas, algún teclado, bases muy acertadas además de rock, romanticismo pop, chanson e ironía finamente hilada. Esta colección de 12 canciones fueron realizadas casi por completo en el estudio casero del propio Jérôme. También la producción corre de su cargo aunque ayudado por el ingeniero de sonido Rudy Coclet, dándole el barniz final en un estudio de Bruselas. Una producción muy acertada: cristalina para los instrumentos y algo más turbia y metálica para la voz. Este es otro estupendo disco del catálogo de Green Ufos, que se encargó de la distribución del mismo en España, aunque el sello bajo el que se publicó fue Anorak Supersport.
Lhasa de Sela fue un alma especial y fascinante nacida cerca de Woodstock (Nueva York) y criada de forma errante en un autobús, lo que fomentó su espíritu artístico. Su familia fue tan particular como ella: su padre escritor mexicano y su madre fotógrafa judía americana, además de una prole numerosa de hermanos. Lhasa es el nombre de la capital del Tibet. Con 19 años Lhasa se estableció en Montreal, Canadá. Antes de debutar en solitario con un disco en 1997, mostró su voz durante años en bares junto con el guitarrista Yves Desrosiers. Colaboró alguna vez aportando su voz con Tindersticks y sus canciones se han usado en producciones de TV, cine y cine documental. El primer día de 2010 su vida tocó a su fin a los 37 años por culpa de un cáncer de mama.
“The Living Road” es su segundo disco. Antes de este disco estuvo un año en Francia en el circo de sus hermanas. Fue en Marsella donde comenzó a escribirlo. En este disco soplan aires latinos, también hay folk y blues, chanson y rancheras. Las letras de las canciones son en los tres idiomas que le acompañaron durante su vida: el español paterno, el inglés materno y el francés de acogida cuando se estableció en Canadá. Su dicción es sorprendentemente natural en los tres idiomas. De voz suave y profunda y también triste y grave a la vez que etérea, su manera sobrecogedora de interpretar hace que las canciones de este disco apunten certeras al alma, con una sencillez que te desarman. El percusionista Françoise Lalonde y el pianista Jean Massicotte le ayudaron en los arreglos y la producción de este disco. Un disco de composiciones apasionadas y desconcertantes con mucha carga sentimental para saborearlo en casa, con toda la atención puesta en ello y la emoción brotando por todos los poros de la piel. Ojalá hubiera tenido la oportunidad de ver alguno de sus directos. Estoy convencido que hubiera sido una experiencia a recordar el resto de mi vida.
La semana pasada musicalmente para mí estuvo protagonizada por otro de mis grupos favoritos: Low. Tuve el placer de asistir a su conciertazo en el Teatro Central de mi ciudad. No era la primera vez que los veía en directo –he tenido la suerte de verlos unas cuantas- pero el impacto fue demoledor. Allí, entre muchos amigos y conocidos, sin gradas y cerveza en mano disfruté de una experiencia sensorial de primer orden. Probablemente el concierto del año en Sevilla. Un concierto de escucha atenta y de emociones intensas, con una precisión instrumental increíble. Público abundante y silencio reinante, con algún suspiro al finalizar alguna canción especialmente vehemente y con ovaciones a modo de agradecimiento. El resto de la semana los discos de Low (cualquiera de ellos) me han acompañado haciéndome disfrutar redescubriéndolos. Low se formaron en 1993 en Duluth, Minnesota. La columna vertebral está formada por el matrimonio mormón formado por Alan Sparhawk (guitarra y voz, y con proyecto paralelo –Retribution Gospel Choir- donde muestra con creces su lado más rockero, sobretodo en directo) y Mimi Parker (percusión y voz). Ellos dos y sus armonías vocales son la piedra angular del grupo. Sucesivos bajistas han pasado por la formación. El primero y también fundador del grupo fue Zak Sally y actualmente es Steve Garrington (también en Retribution Gospel Choir). Desde el primer disco evidenciaban poseer un universo sonoro propio y muy particular. Un universo lleno de belleza y desolación, de delicadeza y distorsión. Low son un grupo que te marca de por vida ya en la primera escucha. Buena parte de la creación de Low tiene que ver con la relación que mantienen Alan y Mimi. Su fórmula es alcanzar grandes cotas de intensidad con los mínimos elementos y dejar espacios en sus canciones para que los pueblen las emociones. En una entrevista el año pasado Alan decía: “Siempre hemos luchado por mantener esa atmósfera, ese sonido mínimo, que deje espacio para que la mente del oyente pueda conectar con el espíritu de la canción.” Low forman por derecho propio parte de la historia del rock, por renovadores y por su sonido ascético y minimalista. “The Curtain Hits The Cast” es el tercer disco de Low. Aquí ya habían refinado la fórmula y muestran un disco enorme en parte tenebroso y por otra esperanzador. Estás canciones sobre la futilidad de la vida poseen una enorme fuerza emocional a base de lentitud, espacios entre nota y nota y crescendos épicos. La percusión mínima y sutil de Mimi, las guitarras limpias de Alan y el bajo de Zak crean momentos celestiales y etéreos que hacen de la audición de este disco algo místico muy especial. Melancolía y muchos otros sentimientos te invaden mientras te envuelve esta música espiritual e inquietante en el salón de tu casa una tarde cualquiera, con inestabilidad meteorológica al otro lado del cristal y que provoca que otras muchas almas perdidas estén afligidas porque su lado espiritual más hortera no ha podido salir de procesión por la calles de la ciudad. En fin, una ciudad de contrastes esta Sevilla nuestra.
Scott Walker es un personaje huidizo y con cierto aire fantasmal, oscuro y amante de la soledad con una manera muy particular de entender la creación poética y musical. Es un crooner del lado menos amable de la vida, poseedor de una privilegiada voz. Nacido Noel Scott Engel, en Hamilton, Ohio (EE.UU.) el 9 de Enero de 1943. Su infancia fue algo itinerante debido al trabajo en la industria petrolera de su padre. Comenzó en la música como bajista de sesión en clubs de Los Angeles. Después llegaron The Walker Brothers (junto con John Maus y Gary Leeds, que nada tenían entre ellos de hermanos) y en 1965 su desembarco en Reino unido, donde saborearon el éxito y la popularidad exacerbada. Scott Walker es un enamorado de la cultura y el cine europeo. En principio él no era el encargado de aportar la voz, hasta que sí lo hizo, mostrando sus grandes dotes al micrófono. Tras la ruptura del grupo –las relaciones entre ellos no eran muy buenas- Scott Walker descubrió a Jacques Brel y le cambio completamente la perspectiva, Brel le sonaba mucho más real que cualquier cosa que él hubiera hecho antes. Grabó cuatro discos en solitario entre 1967 y 1969 –cuatro discos excepcionales todos ellos-, pero el último de ellos “Scott 4” fue un fracaso de ventas –inexplicablemente- y esto le afectó hasta el punto de dejar de escribir canciones. Grabó algún disco más en años posteriores sin material propio pero de forma rutinariamente contractual hasta que en 1978 volvió a escribir para el disco de reencuentro de The Walker Brothers. En 1984 vuelve a publicar un disco en solitario y a partir de aquí Scott Walker saca un disco por década. Sus dos últimos discos (“Tilt” y “The Drift”) son conceptuales, de difícil escucha –realmente difícil- pero evocadores de sensaciones muy intensas. En ellos plasma su visión del mundo “bellamente infernal” pero rechazando la etiqueta de nihilista. Cuando descubrí a Scott Walker se convirtió en uno de mis favoritos desde el primer momento, fue inmediato. Él es el peldaño más alto al que he logrado llegar en la música popular, creo que por encima de él sólo está la música clásica. Exquisitez auditiva, sin duda. “Scott 3” es el tercero en solitario de Scott Walker. Un disco con aires melancólicos y cargado de bello romanticismo en el que recurre a temas como el desamor, el envejecimiento y el desencanto. La voz de dios griego de Scott Walker es protagonista pero no más que los buenísimos arreglos orquestales que pueblan el disco. Unos arreglos capaces de imprimir tensión prolongando notas en el tiempo y creando unas atmósferas densas y acariciadoras del paladar auditivo. Aquí acude de nuevo al cancionero de Jacques Brel, referente fundamental en su viraje musical como solista. La edición en vinilo es desplegable, poblada en su interior de fotos en color sepia enmarcadas ovalmente y presididas por una del propio Scott Walker sonriente y con su dedo índice hacía arriba en primer término. La portada es de las mejores que he visto –sino la mejor-, con un enorme ojo de maquilladas pestañas en el que aparece un Scott Walker distante y pensativo al otro lado de la pupila. En la contraportada un texto de Keith Altham. Un disco para escuchar tranquilamente, con todos los sentidos puestos en la escucha y deleitarse así con esta obra inmortal con una carga emocional indeleble al paso del tiempo donde hay lugar para la belleza y para la turbación. Dedicado mi amigo Pitufo, que me ha regalado por mi cumpleaños este precioso disco en vinilo, engrandeciendo mi colección con este clásico imprescindible que es otro de mis discos favoritos.
Love fueron un quinteto californiano de Los Angeles. Su formación sufrió cambios constantes hasta su disolución. La columna vertebral del grupo la formaban Arthur Lee (voz, guitarra, teclados, armónica y batería), Brian Maclean (guitarra y voz) y Johnny Echols (guitarra). El bajo paso por manos de Johnny Fleeckenstein -que abandonó al poco- y por las de Ken Forssi. A la batería estuvieron en principio Don Conka y Alan Pfisterer y después Michael Stuart. Love fueron una banda multirracial cuando esto era algo muy poco común en un país en el que la discriminación por cuestiones de raza era patente. Liderados por Arthur Lee –un tipo de compleja personalidad y de carácter poco afable- el reconocimiento no les llegó hasta la disolución del grupo. A ello contribuyó las reticencias de Lee a salir de gira y sus problemas de agorafobia social. Estos chicos eran poco ambiciosos, muy entretenidos siempre en desordenar sus sentidos con multitud de psicotrópicos. A día de hoy aún son unos desconocidos para mucha gente. De hecho últimamente he descubierto que algunos de mis amigos a los que les apasiona la música desconocían su existencia. Pues bien, Love son unos clásicos grandiosos a los que siempre se puede volver porque no defraudan. Y envidio a los que los descubren por primera vez porque la sorpresa es mayúscula. Ellos poseían un sonido y unas maneras que nada tenían que ver con sus contemporáneos.
“Forever Changes” es uno de mis discos muy, muy favoritos. Un clásico incontestable en el que cada escucha conlleva algún nuevo descubrimiento en forma de matices o sensaciones. Un disco de rock, de psicodelia, de soul y de reminiscencias étnicas latinas. Las letras están influenciadas por la firme creencia de Arthur Lee de que iba a morir de manera inminente (finalmente esto ocurrió debido a la leucemia en 2006). Fue su tercer disco y la grabación fue accidentada. Neil Young –que iba a realizar labores de coproductor- finalmente se apartó del proyecto. La banda era un desastre que no se tomaba en serio los ensayos. De hecho en las primeras sesiones el otro productor Bruce Botnick contrató a músicos de estudio para suplirles, intentando con esto hacerles reaccionar. Arthur Lee también se puso a los mandos de la producción por primera vez –y siempre ha dicho que fue él el responsable de la producción y de los arreglos-. En los créditos del disco aparece David Angel como arreglista. No fue para nada un disco exitoso en la época de su publicación. El sonido de la grabación es algo turbio, aportando una característica de mucho peso al resultado final. Este es un álbum de raíces acústicas enriquecido con unos preciosos arreglos orquestales que hacen del conjunto algo único, una joya de muchos quilates que cualquier oído, incluso sin ninguna educación previa, es capaz de apreciar. Las melodías y las muchas conversaciones entre instrumentos, los cambios de ritmo rompedores, las atmósferas cambiantes, la armonía y el sosiego por un lado y por otro la actitud frenética y los juegos con las percepciones incluidos en él hacen que ames a este disco desde la primera escucha. Toda una obra de arte, una obra maestra, un disco de culto y una importante influencia para otros músicos incluso a día de hoy.
Este es un disco que vuelvo a escuchar mucho y con el que me he cruzado en sitios dispares últimamente. Me lo he encontrado rebuscando discos en una feria del disco, sonando en un bar que frecuento y también curioseando entre la colección de discos de una buena anfitriona. Discazo dedicado a mí mismo y a mi padre, que cumplimos años hoy.
A Certain Ratio son una banda mancuniana formada en 1977 y
se puede decir que aún activos a día de hoy (su último disco lo publicaron en
2009). Durante todos estos años la formación ha sufrido cambios pero en
principio eran Simon Topping (voz y trompeta), Martin Moscrop (guitarra y
trompeta), Jeremy Kerr (bajo) y Peter Terrel (guitarra y ruidos). Poco después
se uniría Donald Johnson (batería). Fueron compañeros de sello de Joy Division
y compartieron con ellos la anarquía que reinaba en Factory Records. Debido a
su gusto por la estética militar fueron tildados de nazis pero esta etiqueta la
echaba por tierra el tener un batería negro. En conjunto estaban poco dotados
instrumentalmente, compartían gusto por el funk y poseían una particular
inquietud por el ritmo. El nombre del grupo viene de una canción de Brian Eno.
Fueron teloneros de Talking Heads y Madonna fue telonera en un concierto de
ellos en Nueva York.
“To each…” es su disco de debut. Este no es un disco de
escucha fácil debido a la ausencia de melodías. Producido por Martin Hannett
–también productor de Joy Division y creador del sonido característico de
muchos discos de Factory Records-, está lleno de guitarras chirriantes, ruidos
y sobre todo ritmo. Las melodías son volátiles, no tienen apenas peso. La
ambientación africana es evidente en partes del disco. Martha Tilson aporta voces, más tarde se
uniría al grupo. Este es un disco atonal de sonido metálico y seco, pelín dificultoso
pero muy interesante. Una recomendable experiencia rítmica, más disfrutable con
los sentidos algo desordenados. Eso sí, la portada regulera tirando a
horrorosa.
Bowery Electric lo forman el guitarrista Lawrence Chandler y la bajista y vocalista Martha Schwendener. Este dúo neoyorquino comenzó su andadura musical a principios de los 90. Juntos dan forma a particulares composiciones donde melodías y bases confieren al conjunto un poderoso efecto hipnótico. Su música podría etiquetarse como trip-hop pero esta etiqueta se quedaría corta pues también usan elementos del shoegaze, del dream-pop además del ambient y el drone. “Beat” es su segundo disco. Un disco de tempo lento y de muros de sonido creados a partir de samplers, sintetizadores y guitarras. Todo acompañado por la distante y dulce voz de Martha Schwendener y a veces la de Lawrence Chandler. En él las repetitivas líneas de bajo y las bases electrónicas y acústicas forman la columna vertebral de las canciones. A la primera escucha puede parecer un disco monocorde, lineal y monótono pero una vez dentro los matices son abundantes. Este es un disco de electrónica de salón lleno de atmósferas envolventes y de paisajes urbanos. Un disco fantástico para escuchar con cascos mientras recorres la ciudad pedaleando.
La semana pasada, al volante, volviendo de un concierto en
busca de un bar, Radio3 me regaló los oídos con dos canciones seguidas muy
particulares que reconocí al instante y dije: “Coño, las Vainica Doble, que
bonito”. Y me hubiera gustado que el bar estuviera más lejano y tener algún cd
de ellas en el coche. Esta semana las he vuelto a recuperar, hacía tiempo que
no le quitaba el polvo a algún disco de ellas. Y desde entonces el disco del
que hablo en esta entrada me sirve de agradable compañía en casa.
Vainica Doble es una interesante anomalía dentro del pop
español. Fueron un dúo único con un universo propio formado por dos chicas de
personalidades diferentes –una comedida y tímida y la otra pasional- que
supieron encajar teniendo como punto de partida la cultura musical y el punto
de vista ante la vida y el arte que ambas tenían en común. Ellas eran Carmen
Santoja, madrileña, y Gloria Van Aerssen, sevillana de Dos Hermanas pero con
ascendencia aristócrata holandesa. Ambas nacieron en 1934. Se conocieron en la
Ciudad Universitaria de Madrid. Carmen estudio 5 años de piano en el
conservatorio y Gloria hizo Bellas Artes. En 1966 empezaron a fabricar con
dulzura y artesanía canciones ya con la treintena a cuestas, Gloria casada y
con hijos y a Carmen le había dado tiempo de vivir en París y había conseguido
trabajar en teatro y cine. Su primer disco (homónimo) se publicó en 1971. Antes
y después Vainica Doble hicieron muchos trabajos para televisión y cine en
forma de sintonías y bandas sonoras. En años en los que la militancia en
cualquier organización era la norma, ellas reivindicaban su propio espacio, sin
posicionarse políticamente ni de ningún otro modo. Su música siempre tuvo una
conexión rock pero ellas mezclaban con naturalidad estilos y sonidos además de
sus voces. Sus inspiradas letras se sitúan entre el juego infantil, la ironía
con inteligencia, el cuento, la sensibilidad y la observación de detalles
cotidianos. El tipo de sentido del humor y la intención didáctica de las letras
no fue bien vista por la censura de la época en sus inicios. Reacias a actuar
en directo y a sufrir presiones por parte de los sellos discográficos, nunca
saborearon el éxito y la popularidad. Se quedaron en un tesoro personal de cada
uno de sus fans. Siguieron publicando discos aunque con paréntesis temporales
amplios. Carmen también escribió letras para otros y cuentos infantiles y
Gloria continuó pintando. El fin de este irrepetible dúo llegó con la muerte de
Carmen mientras mezclaban el que ha sido su disco póstumo: “En familia”, en el
año 2000. Su influencia y la influencia de su legado en multitud de grupos es
patente.
“Contracorriente”
es su tercer disco. Un disco progresivo donde el ambiente rock es evidente y
por el que se pasean las voces de ambas, una melódica y clara y la otra borrosa
y firme. Los toques instrumentales exóticos abundan y enriquecen las canciones
que como siempre están protagonizadas por unas letras buenísimas, con toque
naif marca de la casa. Este es un disco que para disfrutarlo es necesario
entrar primero en él. Franquear la entrada no es costoso. Una vez dentro podrás
saborear de nuevo sensaciones y recuerdos de la infancia, de tus vivencias
personales pero también las historias que se desarrollan en las canciones te
provocaran nostalgia de cosas y lugares que no te pertenecen. Una auténtica joya.
-->Steve Reich es un neoyorquino nacido en 1936. Es un
compositor de los clásicos, de los que escriben partituras y con libretas de
anotaciones de las que tienen pentagramas. Un músico “serio” con formación
académica, a la vanguardia de la música clásica. Uno de los primeros que
hicieron suya la etiqueta minimalismo incluso antes de que esta se acuñase. Un
artista rompedor, experimentador y atrevido. Para ello se valía de patrones
rítmicos repetitivos. Su aspiración se centraba en las personas y en que estas
no se marcharan a mitad de una pieza. El reconocimiento le llegó tardío.
Incluso ganó un Grammy en 1988.
Para componer “Music For 18 Musicians” Reich necesitó 3
años. Es una obra enorme con un poderoso poder magnético. Una vorágine rítmica
con multitud de melodías entrando y saliendo a la vez, creando loops,
prolongando la tensión y dando forma a unas atmósferas vibrantes y envolventes.
Minimalismo sinfónico que tiende puentes directamente a la psique del oyente.
La medida rítmica que utilizó fue el intervalo de la respiración humana. Este
es un disco para degustarlo de principio a fin, con volumen y en la intimidad.
Toda una experiencia sonora de poco más de 66 minutos. Un disco orgánico lleno
de sensaciones. La publicación en vinilo no fue hasta 2 años después de su
estreno en un teatro de Nueva York. Deutsche Gramophon –sello que ya había
editado obras de Steve Reich- no quiso incluirlo en su catálogo de música
clásica y fue otro sello, ECM, quién se atrevió a publicarlo. Una crítica de
este disco publicada por cierta revista se refiere a este así: “La música de
Reich acorta la distancia con su público porque su fin era crear un espacio
donde las sensaciones dominaran a las percepciones sin dejar lugar al
análisis.”
Esta semana he estado en un concierto de la
Orquesta Sinfónica de la Universidad de Sevilla junto con alumnos del
Conservatorio Manuel Castillo, también de Sevilla, en un auditorio de una escuela universitaria. En el
programa había dos piezas de Steve Reich -motivo por el que cogí el coche y me
crucé la ciudad- interpretadas con cerca de una docena de instrumentos de
viento, sonando todos a la vez, cada uno por un camino pero todos acordes,
formando bucles de melodías que disparaban la emoción, a lo que ayudaba mucho
las vibraciones que te llegaban de los instrumentos más graves. Un muy buen
plan para un martes por la noche.